Hasta hace un mes mi rutina era siempre la misma: me levantaba, hacía desayuno, sentaba a los niños, y antes de conectarme a trabajar ya había barrido la sala por lo menos una vez. A las seis de la tarde volvía a hacerlo. Y aun así el piso nunca se sentía limpio de verdad.
Entre el trabajo, los niños y Toby (mi perro, que suelta pelo como si fuera su trabajo de tiempo completo), sencillamente no me quedaba tiempo para trapear a fondo. Terminaba el día agotada y con la sensación de que la casa nunca estaba realmente limpia, sin importar cuánto me esforzara.
Una compañera de trabajo — que también tiene hijos pequeños — me mencionó en una videollamada que había comprado "un robot que le limpiaba la casa sola". Le dije, literal: "eso es puro comercial, esas cosas nunca funcionan como prometen." Yo había visto los anuncios toda la vida y siempre pensé que era exageración de marketing.